Llamadme Corchete.
Nooo… Perdonadme. Me encanta Moby Dick y no he podido evitarlo. ¡Pero no se puede empezar así, copiando vilmente! Monsieur Ansidei se estará revolviendo, allá donde esté. Dejadme solamente que os cuente que monsieur Ansidei fue uno de mis profesores del colegio más queridos. El hombre intentaba enseñarnos Literatura Francesa, en un establecimiento que ahora presume de llevar «140 años abriendo mentes». No sé a quién se le ocurriría este lema; a mí me suena a sandía reventada de un estacazo.
En fin, decía monsieur Ansidei —que era uno de esos franceses enjutos, sí, pero que cuando leen en voz alta se te caen las bragas— que no hay que empezar nunca un texto con una frase robada, ni con una obviedad (¡claro que «toda historia necesita un comienzo»!), y mucho menos con una sentencia seudohistórica del tipo «desde que el hombre tiene memoria…». Y tenía razón: no se puede introducir un texto, qué sé yo, sobre Madame Bovary hablando del Big Bang y los dinosaurios. «Jamais», decía tan amable como siempre, aunque a ti ya se te iba poniendo cara de cate.
De las muchas cosas maravillosas que monsieur Ansidei nos enseñó, esta es una de las que perviven en mi memoria. Así pues, aunque solo sea por respetar la suya, lo intentaré de nuevo, yendo al grano antes de que vosotros os vayáis a otro blog.
Soy plumilla y no me hizo el mundo así, sino la agencia de noticias Europa Press (pero de esto hablaré otro día). En el Diccionario de la lengua española, la RAE ofrece dos definiciones para este diminutivo: «yema del embrión de una planta» y «pluma (instrumento para escribir)». Me gustaría pensar que no me parezco a la primera, aunque me paso tantas horas en la silla que cualquiera diría que he brotado aquí. En cuanto a la segunda, se me queda corta: olvida la RAE que, por extensión, los «plumillas» son los redactores de prensa escrita, o al menos así se ha usado siempre este vocablo en el mundillo periodístico.
A finales del siglo xix y principios del xx, los «chicos de la prensa» —cronistas, articulistas, escritores en busca de fama y trepas de todo tipo— integraban una caterva desclasada y en general anónima, como correspondía a las redacciones de la época, que aún nadaban en la bohemia y la picaresca. Y no idealicemos, que no hablamos de la bohemia de Malasaña, sino de la sórdida cochambre decimonónica: salvo algunas figuras ilustres, los redactores tenían contratos de palabra y cobraban sueldos miserables o no cobraban nada si deseaban firmar con su nombre. Era tal la indigencia que algunos abrazaban la causa de la propaganda oficial, a cambio de modestos emolumentos de la Administración; una anécdota (probablemente apócrifa) habla de un periodista que cobraba del Ministerio de la Guerra «la cantidad que le correspondía para alfalfa en su calidad de asno».1
También era una profesión de riesgo. Por este motivo (o por vergüenza), muchos periodistas se escondían detrás de seudónimos disparatados: Mariano José de Larra firmaba como el Pobrecito Hablador, Fígaro, Bachiller y el Duende; Víctor Ruiz Albéniz era, además de Acorde y Don Sincero, el Chispero en sus crónicas madrileñas y El Tebib Arrumi (el Médico Cristiano) cuando escribía desde el valle del Rift. Sin embargo, mis seudónimos favoritos son los de Mariano de Cavia: Isidro Abroñigal (hoy sería Isidro M-30), Mustafá (¡cancelado!), Patricio Buenafé (amigo de Bob Esponja), Chico del Instituto (corrector repipi), Hababuc Humbugman (el profeta trolero) y ¡Sobaquillo! No sé si este último estará relacionado con el famoso rótulo de Jardiel: «¡Báñense ustedes! ¡El agua solo hace daño cuando se presenta en grandes masas llamadas océanos!».
Decía que era una profesión peligrosa. Según he sabido por Jesús Esperanza, gran maestro de esgrima, algunos periódicos madrileños tenían un espadachín «de confianza», al que enviaban cuando algún redactor era desafiado a un duelo de honor por el ofendido de turno, que podía ser un político, un militar, un marquesito o incluso otro cronista. No eran pocos los plumillas que daban clases de esgrima para poder defenderse por sus propios medios. Hoy no quedaría ni un tertuliano vivo, qué lástima (o no).
Mi intención era contaros de dónde vengo y qué espíritu guía Corchete & Co. Quiero dejar claro que Corchete & Co soy solo yo, con mis circunstancias: periodista, correctora y traductora. Creo en la elegancia narrativa que intentaba inculcarnos monsieur Ansidei, en la lógica (esa gran desconocida), en el estilo limpio, claro y conciso del periodismo, en la remuneración digna del trabajo profesional y en defender la corrección del lenguaje contra viento y marea, ¡florete en mano si fuera menester!
¡Hasta luego!
[1] Todo esto lo explican María Cruz Seoane y María Dolores Sáiz en el tercer volumen de su interesantísima Historia del periodismo en España (que me tuve que tragar en la facultad, tan agobiada entonces como agradecida estoy ahora). Creo que una de las dos me dio clase, pero no he logrado aclararlo ni conmigo misma ni con mis amigos de pupitre. Nuestras sinapsis ya no son lo que eran.