Mi capacidad de caer como un leño es legendaria. Mi padre siempre lo dice: «Esta niña, tal cual se acuesta, así se levanta; ni se mueve». Esta habilidad no se consigue así como así: tengo un truco. Pero he de remontarme un poco en el tiempo, y no sé cuánto, ya que no recuerdo si tenía seis u ocho años.
¿Os acordáis de Comando G? Los de mi quinta, quiero decir… Hablo de los ochenta. Por esa época me sucedía algo extraño y molesto: todas las noches me acosaba una pesadilla recurrente, que se desarrollaba en el colegio. Había allí un pequeño recinto donde esperábamos a que nuestras madres nos recogieran después de clase. Era una superficie cuadrada con suelo de cemento, techo de uralita (¡qué tiempos aquellos!) y dos barras paralelas de hierro a cada lado, como un cuadrilátero de boxeo: demasiado juntas para poder sentarse en la de abajo sin parecer una gallina, demasiado altas para subirte a la de arriba sin que tu madre te la liara.
Pues ocurría que yo estaba allí haciendo lo que uno hace en los sueños antes de que le pasen cosas, o sea nada urgente, cuando de repente aparecían un montón de señoras dieciochescas, pero muchas, decenas, envueltas en trajes de cortina de salón con enormes miriñaques y coronadas por pelucas plateadas, que se apretujaban en aquel patio minúsculo y se ponían a girar sobre sí mismas como peonzas, y a mi alrededor en círculos concéntricos, deslizándose perfectamente sincronizadas, y eran tantas y giraban tan rápido que al poco ya no había caras ni cuerpos, y yo ya solo veía un mar de corsés, encajes, faldas, flores de lis, perlas, tirabuzones, bailando al ritmo de una música que no oía. Tanto mareo me generaba aquel torbellino de seda que de repente yo ya no estaba con ellas, sino encima, en la uralita, ahora transparente, y lo veía todo desde arriba, pero la otra yo aún seguía allí abajo, pobre, engullida por aquella muchedumbre perfumada que yo sabía muerta doscientos años atrás.
Y ahí era cuando me despertaba. Y así todas las noches, hasta que desarrollé una verdadera fobia a irme a la cama. Me temblaba el alma cada vez que Casimiro se lavaba los dientes, porque sabía que, debajo de la almohada, me esperaban las amistades peligrosas. Así que un día decidí coger el toro por los cuernos: «Hoy no me duermo y ya está. Voy a pensar cosas».
«Cosas», así, en general. Lo primero que vino a mi somnoliento cerebro fue Comando G y la batalla de los planetas que iba a comenzar, y Jason, que era uno de los buenos, pero de esos buenos levantiscos, contestones y morenos. Jason me parecía mucho más interesante, y por tanto mucho más guapo, que el moñas de Mark. Además, mi hermano tenía un disfraz de Mark (había que vernos, él de Comando G y yo de bailarina, vaya pareja) y no era plan que me gustara Mark. En fin, que me gustaba el chuleta de Jason y, en mi duermevela cabezón, de repente pasé de pensar en Comando G a estar en Comando G. Yo era uno de ellos, luchaba como ellos, brincaba, ondeaba la capa, unas veces ganaba y otras perdía, y todo el rato intentaba hacerme la interesante delante de Jason.
Pasaron los años y las señoras antiguas se fueron a bailar a otra parte, supongo que a atormentar a otros niños, pero yo ya estaba enganchada a mis ensoñaciones. Me había convertido en una yonqui de la fabulación noctámbula, y las series y las películas siguieron inspirándome dulces sueños durante años. Yo siempre era la protagonista y viví muchas vidas. Hui, ataqué, volé, escalé con pericia y luché con espada. Piloté un Ala X y disparé un revólver. Hordas salvajes asaltaron mi fortaleza, fui polizona y náufraga. Cabalgué por el Oeste y conmigo, los magníficos fueron ocho. Conocí a bandoleros, a detectives privados, a reyes y a acróbatas. Fui mutante y humanoide. Busqué un halcón maltés y encontré el Arca Perdida. Navegué hasta los confines de la tierra y me perdí en un desierto de sal. Entré en un volcán y fui cantante. Una vez casi me estrangulan y otra vez no me rescataron a tiempo. Fui honesta y traicionera, recatada y una fresca. Viví en Sherwood, en las Montañas Azules y en la Roma imperial. Mi amor fue correspondido muchas veces y otras sufrí en silencio. Morí en brazos del héroe y él en los míos. Mi vida es normalita, pero mis ficciones han sido de órdago.
También viajé en el Nautilus, porque, ya desde muy pequeña, siempre quise ser un personaje de Julio Verne. Tenía todas sus novelas. No entiendo que los niños de ahora no lean a Verne; si no hay un niño mago o una niña bruja de por medio, los libros de aventuras no les interesan. Quien dice Verne dice Jonathan Swift, Walter Scott, Robert Louis Stevenson, Jack London, Alejandro Dumas… ¿No quieren ser mosqueteros? ¿Ni piratas? ¿Ni viajar a la Luna o al centro de la Tierra, aventurarse por las Grandes Praderas, presenciar un torneo medieval o conducir un trineo por Alaska? Qué lástima.
En fin, al final de cada trimestre escolar, mi madre me regalaba un libro. En realidad nos compraba libros a mi hermano y a mí constantemente. Cuando éramos pequeños, nos los leía a la hora de dormir, como hacía en clase con sus alumnos cuando era maestra. La recuerdo muy bien leyéndome fragmentos del Lazarillo y de las Leyendas de Bécquer (gran canguelo). Ya de mayor me cayeron muchas novelas de Verne, primero las ediciones juveniles, más tarde las íntegras: La vuelta al mundo en ochenta días, De la Tierra a la Luna, Los hijos del capitán Grant, Miguel Strogoff, Las tribulaciones de un chino en China (¿puede haber un mejor título que este?) y, por supuesto, la fabulosa Veinte mil leguas de viaje submarino. Por eso, cuando la editorial Blume me propuso traducir esta joya, me lancé de cabeza sin pensarlo.
Quién me iba a decir a mí la que se me venía encima…
Continuará…
[Fuente de la imagen: Tatsunoko Production y Filmin]