El pez más feo del mundo (2.ª parte)

El pez más feo del mundo (2.ª parte)

De cuando me sumergí en el alucinante mundo de los tratados de zoología para traducir a Julio Verne.

Veinte mil leguas de viaje submarino, la obra maestra de Julio Verne, es uno de los libros más traducidos de la historia de la literatura. En España no solo tradujimos el nombre del autor, sino que nos adelantamos a la primera edición íntegra en francés. «¡Demonios!», gruñiría Ned Land, «¿cómo es posible?».

          La novela se publicó por entregas entre marzo de 1869 y junio de 1870, en la revista literaria Le Magasin d’éducation et de récréation, editada por Pierre-Jules Hetzel. Cuando digo «revista», visualizad más bien un ladrillo: esta publicación bianual tenía casi cuatrocientas páginas, así que el lector podía disfrutar de fragmentos considerables de sus folletines predilectos. Si os pica la curiosidad, podéis consultarla en la web de la Biblioteca Nacional de Francia.

          El caso es que la novela, con las célebres 111 ilustraciones de Alphonse de Neuville y grabados de Henri Théophile Hildibrand, no se publica íntegramente en Francia hasta noviembre de 1871. Para entonces ya llevaba dos años circulando en España la edición del Establecimiento Tipográfico de Tomás Rey y Compañía, una editorial de Madrid que había encargado la traducción a Don Vicente Guimerá. Esta maravilla de 1869 también está disponible en la Biblioteca Nacional de España. A mí, todo esto me parece emocionante.

          Le pongo el «don» a Vicente Guimerá porque sus editores se lo pusieron y porque se lo merece: si habéis leído la edición íntegra de esta novela, sabréis que rebosa de datos zoológicos y botánicos demenciales. Monsieur Verne (él también se lo merece) volcó en Veinte mil leguas de viaje submarino todo el conocimiento existente en su época sobre peces, cetáceos, moluscos, artrópodos, corales, algas y bichejos de todo tipo, amén de accidentes topográficos submarinos, perfiles costeros, corrientes y cualquier detalle que a la editorial le resultara importante en términos de divulgación (pues esa era una de las preocupaciones de Hetzel).

          Me gusta imaginar a nuestro autor enfrascado en los tratados de zoología y botánica de su época. Me refiero a las obras de Georges-Louis Leclerc de Buffon, Georges Cuvier, Jean-Baptiste Lamarck, Bernard de Lacépède, Alexander von Humboldt y, por supuesto, Henri Milne-Edwards, al que el profesor Aronnax menciona a menudo como su «maestro». No parece que Verne tuviera «colaboradores» (ya me entendéis), pero sí os confirmo que a veces copiaba descaradamente los textos de los tratados. Andaría agobiado el hombre.

          Esto a priori puede escandalizarnos (bueno, con tanto «gepetero» como anda por ahí, ya menos), pero a los traductores nos viene muy bien: todos estos tratados se tradujeron al español en su momento, se encuentran con relativa facilidad en internet y se puede buscar qué pez de marras pasa por delante del Nautilus en un momento dado. Digo «facilidad», no «rapidez»: hice una lista de todas las especies que tuve que buscar y son 953. Confieso que esta traducción me hizo llorar un par de veces. Atentos al festival de crustáceos:

«Entre los macruros, Conseil cita los amatías, cuya frente está armada de dos grandes puntas divergentes, los inacos escorpión, que los griegos, por alguna razón que desconozco, consideraban símbolo de la sabiduría, los lambros massena y los lambros de manos espinosas, que muy probablemente andaban perdidos por este bajío, pues de ordinario viven a grandes profundidades, además de jantos, pilumnos, romboides, calapas granulosos —muy fáciles de digerir, anota Conseil—, coristes dentados, ebalias, cimopolias, doripas lanosas, etcétera».

          Inacos. Romboides. Calapas. Lambros ¿con manos?… ¡Con manos! ¿Y ese otro ser con lanas? ¡No inventes, Julio! ¡Que «pilumno» no puede ser una palabra!

          Igual que imagino a Verne enfrascado en los tratados, pienso en Guimerá tirándose de los pelos, porque lo que ahora encontramos con tres o cuatro clics él tendría que ir a buscarlo a la Biblioteca Nacional, al Botánico, quién sabe… He de añadir un detalle: internet no lo soluciona todo, ya que parte de la taxonomía de mediados del siglo xix se ha invalidado con los avances científicos y, a veces, aquellos nombres no corresponden ya a nada. Añadamos a esto las erratas que se colaron en el original de Hetzel: algunas especies no son identificables. Vacío total. Oscuridad. Risa floja. Más lágrimas.

          Volviendo a las versiones españolas de los tratados de zoología, estos textos ofrecían a menudo las primeras traducciones de términos taxonómicos y nombres comunes, que más tarde se adaptaron a la ortografía normativa. Fueran o no correctas, estas son las palabrotas que yo decidí utilizar en mi traducción, como había hecho Verne. Si me topaba con algún latinajo, también procedía como él: simplificaba para hacerlo más accesible.

          Estéis o no ardiendo en deseos de conocer estas fuentes, mencionaré solamente una, mi preferida, por haberme sacado de bastantes atolladeros. Se trata de Los tres reinos de la naturaleza. Museo pintoresco de Historia Natural, una enciclopedia publicada en 1852 por la editorial madrileña Gaspar y Roig, sita en el número 4 de la calle del Príncipe. Esta monumental compilación en ocho tomos, dirigida por el naturalista Manuel María José de Galdo, dice ser una «descripción completa de los animales, vegetales y minerales útiles y agradables» (pasando de los desagradables), y recoge los trabajos de Buffon y otros fenómenos de su quinta, como Carlos Linneo, «el gran clasificador». Si esta gente viera las virguerías que está logrando la taxonomía moderna gracias al análisis del ADN, les daba un síncope.

          Recomiendo a todo amante del mar que busque y curiosee alguno de estos tratados: contienen las primeras descripciones conocidas de las especies que poblaban un mundo entonces misterioso y prácticamente inalcanzable para el ser humano. Están teñidas de asombro, embeleso y lirismo, y creo que Verne supo captar y traernos, igual que los naturalistas antes que él, la deslumbrante belleza que el hombre empezaba a descubrir bajo las aguas.

          No obstante, no todo es poesía en estos tratados. Durante mis pesquisas, me topé con el pez más feo del mundo.

          Continuará…


[Imagen: «Era un calamar de dimensiones aberrantes», en Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. Ilustraciones de Alphonse de Neuville, con grabados de Henri Théophile Hildibrand. Editorial Blume, 2024]

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