Si te gustan los bichos y la ciencia, busca algún tratado de zoología del siglo xix. Hay muchos en Google Books, Internet Archive y otras bibliotecas digitales. Como suele decirse, «risas garantizadas». Consulté unos cuantos en 2024, mientras traducía Veinte mil leguas de viaje submarino, el novelón de Julio Verne, para la editorial Blume. Aún los recuerdo con regocijo y cariño.
Gracias a ellos supe de la existencia del malarmao, que tiene «el ano más próximo al hocico que a la aleta caudal»; del delfinorrinco, cetáceo con nombre de quimera daliniana, y del coto insidioso, pez acusado de «pegarse contra la arena» para esperar «encorvado» a sus presas. Poco pegado estará si tiene chepa, digo yo…
Y, que me perdonen los zoólogos, pero ¿no es tener un pelín de mala leche llamar a un tiburón «escualo pantuflo»? ¿Quién va a respetar a ese pobre animal? ¡Si te lo imaginas en bata y zapatillas! Steven Spielberg habría terminado la película a los veinte minutos.
—¡Lo hemos identificado, jefe Brody! ¡Es un tiburón pantuflo!
—¡Ja, ja, ja, ja! ¿Le llevamos el periódico?
—¡No se burle, que es muy peligroso!
—Seeee… ¡Abrid las playas!
Y tendría algo de razón: estaba terminando el siglo xviii cuando, en su Historia natural de los peces, Bernard de Lacépède («conde» o «ciudadano», según el momento revolucionario) afirma que el Squalus tiburo no mide más de un metro, que no es tan agresivo como el tiburón martillo aunque se le parezca y que… bueno, que te lo puedes comer, porque está bastante rico. Entre esto, que tiene la cabeza en forma de corazón y que en la Guayana lo llamaban «señorita», a mí este pez me parece un escualo bien. A ver, no tanto como para invitarlo a la piscina, pero ya me entendéis.
Desde entonces, su clasificación taxonómica, que debemos a Carlos Linneo, ha quedado invalidada y ahora este seláceo se llama Sphyrna tiburo y su nombre común es mucho menos simpático: es el tiburón (o cornuda) cabeza de pala. El pobre está amenazado. Claro, no lo respetan…
Un recurso utilísimo en estas investigaciones que a veces tiene que hacer el traductor es el Sistema Integrado de Información Taxonómica (ITIS). Pongamos que ya sabes que el «squale pantouflier» mencionado por Verne es el Squalus tiburo, porque lo has encontrado en las obras de Lacépède que él consultó. Para saber cómo rayos llamarlo en román paladino, tienes dos opciones: 1) lo llamas «tiburón pantuflo» y te quedas tan ancho, porque así se tradujo en los tratados españoles en tiempos de Verne; 2) lo buscas en el ITIS.
Vamos allá. El ITIS confirma que la clasificación de Linneo de 1758 se ha invalidado y ahora este pez se llama Sphyrna tiburo. Abres esta segunda ficha y ¡eureka! Su nombre común en español es «cornuda cabeza de pala» o «cornuda de corona». Con toda esta información actualizada, ya puedes seguir buscando en Google. Confieso que yo lo traduje como «tiburón pantuflo», porque me hacía mucha gracia y me recordaba al padre de Zipi y Zape.
Otro simpático pez mencionado por Verne y que puedes encontrar en el ITIS es la Synanceia horrida. El apellido ya da una idea de la opinión que este pez merecía a Linneo y sus compinches. Esto es más que ser el patito feo y que se burle de ti todo el estanque: a este pobre le dedicaron por escrito los peores insultos, como si él tuviera la culpa de que lo hubieran pescado. El propio Verne lo describe como «un animal repulsivo y espeluznante».
Por aquel entonces se llamaba también Scorpæna horrida o «escorpena horrible». El Diccionario histórico de la lengua española nos recuerda que «escorpena» procede del latín scorpaena, que significa «escorpión de mar». Ya empezamos mal, aunque un digno miembro de esta familia, que ya conocían los romanos (porque los romanos lo sabían casi todo), es el cabracho.
Dice así el dicharachero Lacépède en su disertación:
«Diríase que en las formas complicadas, singulares, extravagantes en apariencia, monstruosas, horribles y, por así decirlo, amenazantes de casi todas las escorpenas es donde los poetas, romanceros, mitólogos y pintores han buscado los modelos para sus seres fantásticos, larvas, sombras evocadas y demonios».
Vamos, que es tan feo que parece de fábula. Mientras carga los perdigones y ajusta la mira, Lacépède filosofa un buen rato sobre las «monstruosidades pasajeras» a las que la naturaleza «rehúsa la facultad de reproducirse», y sobre las «degradaciones» de «infinitas deformidades» que en el mundo son y han sido. Escorpena, calienta que sales.
Más o menos por este orden, el señor conde afirma que es «chocante», «desigual», «asquerosa» y «deforme», que tiene «la cabeza agujereada» y llena de «protuberancias» y el cuerpo sembrado de «tubérculos irregulares», y que está tan mal montada que no puede «ni cerrar la boca». Y remata así:
«Repugna tanto a primera vista que no se ha creído degradante llamarla horrible y, además de esto, sapo de mar, dándole así el nombre de uno de los más asquerosos animales que existen».
¡2 × 1 en insultos, oiga! Este pobre bicho es el pez piedra de estuario. Bonito no es, pero no hacía falta cebarse…
FIN
[Fuente de la imagen: La maravillosa Ichthyologie ou Histoire naturelle des poissons, de Marcus Elieser Bloch (1796); lámina 183]