La ventana sangrienta y otros chirridos cósmicos

La ventana sangrienta y otros chirridos cósmicos

De cómo un subtitulado demente engendró un personaje por arte de magia en una serie fetén.

«Aquellos que lean mis escritos los considerarán redactados de manera simple y clara, pero quienes mantienen principios opuestos de entrada dirán que el estilo es oscuro y que oculta el significado. Y vendrá a ser considerado todavía más oscuro en tiempos por venir, cuando los griegos consideren adecuado traducir estos escritos de nuestra lengua (el egipcio) a la suya. La traducción distorsionará grandemente el sentido de los escritos y causará mucha oscuridad».

          Oscuridad. Pero que mucha.

          Esta verdad como un puño la escribe Asclepio, sabio hermético (presunto1), hacia el siglo iii d. C. Y eso que no sabía cómo se las iban a gastar algunos «subtituladores» en el siglo xxi.

          Pongo comillas, porque estoy segura de que no son profesionales. Aun así, se han infiltrado en las grandes plataformas de streaming. Estos bricolajeros de lo audiovisual han escapado a los confines del fansub —‍¿os acordáis de Megaupload?‍— para colársenos en casa, cuota mensual mediante, y arrojarnos sus traducciones dementes cuando más desprevenidos estamos. Estás viendo tu serie preferida con un güisquito ¡y zasca!

          Hay subtítulos tan aberrantes que dudas que hayan pasado por el filtro de un cerebro humano conectado. Ya no es que tengamos que tragarnos traducciones literales de modismos ingleses, sin sentido alguno en español, o que algunos personajes hablen como Superratón, que el pautado no permita un tiempo de lectura sensato, que el orden de las comillas y el punto sea aleatorio, que el leísmo campe a sus anchas o que… Bueno, son bastantes cosas ahora que lo pienso, ¡pero el colmo es que ya no se aplica ni la lógica más básica!

          «La lógica, esa gran desconocida», decía uno de mis jefes. Lo cito a menudo. De hecho, lo cito cada vez más. Si viera lo que yo el otro día, le daba un pasmo.

          Ya llevaba un par de capítulos alucinando con los subtítulos de El topo, la formidable serie de la BBC basada en la no menos formidable novela de John le Carré —‍no os diré en qué plataforma está, lo podéis buscar‍—‍. «All you have to do is look out the bloody window», espeta un agente revenío al circunspecto George Smiley, interpretado por Alec Guinness. Atención al subtítulo, y lo pongo en una línea suelta, para que luzca en todo su esplendor:

          «Solo tienes que fijarte en la ventana sangrienta».

          La ventana sangrienta. Será una ventana de Historias de la cripta: la típica ventana gótica recuperada de un castillo embrujado por un cazatesoros imprudente, que, tras ser reinstalada en un hogar cualquiera (quizás un coqueto chalé de las afueras), se reactiva, qué sé yo, por culpa de una manita de pintura mal dada, y empieza a abrirse y cerrarse con una aleatoriedad que es solo aparente, pues es una ventana maligna, solo está calentando, y pronto se desencadenará el festival de amputaciones.

          Paro, rebobino (ya me entendéis), cambio el audio a español: «Para convencerse, no tiene más que abrir la ventana», dice el espía avinagrado. Es la traducción para el doblaje original. Qué poco habría costado copiarla y adaptarla.

          En esta misma escena, el subtitulado engendra un giro sorprendente en la trama. Dicho vuelco, obviamente, solo sucede en el universo paralelo de los subtítulos, porque, tanto en el audio original como en el estupendo doblaje, las cosas siguen su curso según Le Carré las planeó.

          Por si alguien no conoce la novela y sus adaptaciones, El topo (Tinker Tailor Soldier Spy es su título original) narra, en términos ficticios, la mayor vergüenza de la historia de los servicios secretos británicos (que sepamos): la larga infiltración de varios agentes soviéticos en puestos con acceso a información confidencial.

          Son hechos reales: los «cinco de Cambridge» eran cinco niños bien que, por ser niños bien, treparon por el escalafón del MI5, el MI6 y el servicio diplomático sin que nadie les hiciera ni la más mínima evaluación de rendimiento. Traicionaron a su país con toda desfachatez antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, hasta que los descubrieron. Uno de ellos, sir Anthony Blunt, era primo lejano de la reina Isabel y se fue de rositas.2

          Volviendo al subtitulado infernal, resulta que nuestro espía avinagrado, llamado Roy Bland, presunto traidor que resulta no serlo, es hijo de un inglés de convicciones comunistas y él mismo se confiesa socialista. Normal que sospechen. Bland reclama una buena suma a cambio de su ayuda y Smiley le pregunta si su padre, el comunista, no se revolverá en la tumba al enterarse del trato que están a punto de hacer. «Let him rotate, the old Commie thug!», responde Bland. Por favor, redoble de tambor para el subtítulo:

          «Déjelo así, el viejo gamberro de Commie».

          Vamos a obviar lo de «dejar al gamberro» (en fin) para centrarnos en el tal Commie, con mayúscula, lo que indica un nombre propio o un topónimo. Quien confunde el diminutivo de «comunista» con el nombre de un tipo misterioso o de un pueblo ignoto de la noble Albión, ¿no presta atención a la serie que está subtitulando? ¿No le sorprende que, de repente, aparezca un personaje nuevo en una frase y no vuelva a aparecer jamás? ¿No? ¿Nada? ¿Ni un ápice de duda? ¿Ni una miradita al diccionario? Una serie sobre espías comunistas, sobre ingleses con convicciones comunistas, sobre países comunistas con sus movidas de comunistas… ¿y «Commie» es un señor? Vaya tela.

          Estas patadas a las profesiones del traductor y el subtitulador me generan un vértigo lovecraftiano. Ya no me da la risa, como antes, porque no es un fansub. No es un subtítulo de churrería: está en una plataforma seria de pago. Me invade una angustia tal que se me encogen los dedos de los pies y rasco con las uñitas el fondo de la zapatilla. Es como si el mundo empezara de cero todos los días, como si no hubiéramos aprendido nada. Como si viviéramos en las tinieblas primigenias.

          Sí. Mucha oscuridad, Asclepio. Un abismo insondable.

          Por eso es importante leer. Para saber cosas. Para no hablar y escribir en tu idioma como si se acabara de inventar.

 

[1] Digo «presunto» porque, con los pensadores del Corpus Hermeticum, nunca se sabe. Maestro, personificación del dios, el dios tal cual, pseudónimo de grupo…: según Walter Scott, en estos escritos, los nombres de instructores y alumnos son ficticios, empezando por el mítico Hermes Trismegisto. Más información en la fenomenal edición de Editorial EDAF, con traducción de Manuel Algora: Corpus Hermeticum y otros textos apócrifos (2022).

[2] Hace poco encontré el relato de su confesión, escrito por el agente que consiguió que hablara, ya en 1964. Es interesantísimo. Ojalá hubiera dominado esa técnica de interrogatorio antes de… da igual.

[Imagen: La ventana satánica, antes de su desmadre mutilador, junto a las ruinas de Allerheiligen, en Alemania (2009). © Corchete & Co.]

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