La conquista del cielo, sueño ancestral que el ser humano hizo realidad a finales del siglo xviii, está sembrada de cuellos rotos.
La idea de fabricar alas para emular el vuelo libre de los pájaros aparece por primera vez en la mitología griega. Por una rebeldía que no viene al caso, el rey Minos de Creta había confinado en la isla a Dédalo y a su hijo, Ícaro. Decidido a escapar, Dédalo puso en marcha su prodigioso ingenio. Era arquitecto y podría haber diseñado hasta un cocodrilo-submarino de haber querido —una minucia, comparada con el laberinto del Minotauro—, pero se decidió por los cielos y construyó dos pares de alas, con plumas, hilo y cera. El resto de la historia ya lo conocemos. Hasta los Maiden han cantado al vuelo de Ícaro: «Ved los ojos encendidos, ved la mirada del loco. Vuela como el águila, vuela tan alto como el sol, adelante, vuela y toca el sol». La estrofa se remata con un «yeah» que, a la luz de los resultados, se me antoja sarcástico.
En la maravillosa Elementos: Caos, orden y las cinco fuerzas elementales (publicada por Blume), Stephen Ellcock señala que las primeras cometas aparecieron en China en el siglo v a. C.; eran artefactos de bambú y seda concebidos para evocar pájaros y criaturas míticas. Como era de esperar, porque les pasa a todos los inventos chulos, las cometas cayeron en malas manos, concretamente, en las del emperador Wenxuan, de la dinastía Qi del Norte.
Era Wenxuan una de las mentes más retorcidas de su tiempo. Reinó entre 550 y 559, nueve años que al personal se le harían muy largos, a tenor de su crueldad y su conducta errática y caprichosa. Según el Libro de los Sui (639)1, el emperador hizo disponer por toda la corte calderos, sierras y morteros de gran tamaño, con los que torturaba y ejecutaba él mismo a sus víctimas. ¡Qué simpático!
En una ocasión, fue instruido en los preceptos budistas y en la ceremonia fangsheng: en este ritual compasivo de «liberación de la vida», se ponen en libertad animales cautivos, normalmente pájaros y peces. Al grito de «sujétame el almirez», Wenxuan se lanzó a organizar un fangsheng… a su manera. Reunió a unos cuantos prisioneros, les puso alas fabricadas con esteras de bambú y les ordenó saltar desde una torre de más de treinta metros de alto. Huelga decir que «todos murieron mientras el emperador contemplaba divertido la escena». Los experimentos organizados en 559 ya utilizaban alas de papel, algo más eficaces, aunque solo uno de los condenados sobrevivió, tras planear unos dos kilómetros y medio. Volvieron a capturarlo y lo premiaron matándolo de hambre.
Es poco probable que estos fracasos aeronáuticos llegaran a oídos europeos (Marco Polo no contaría sus aventuras y trolillas hasta finales del siglo xiii), así que no es de extrañar que más de uno fabulara con el parapente. Sabemos que Abbás ibn Firnás, nacido en Ronda en el siglo ix, lo intentó con unas alas de seda, que se lanzó desde una torre de Córdoba sobre una lona de protección y se rompió las dos piernas en el intento. Sí, el primer «aviador» de la historia fue andalusí y, como no se mató, siguió perfeccionando su invento, además de muchas otras genialidades. En el Aeromuseo de Málaga tienen una réplica de su artefacto.
En Gesta Regum Anglorum («Hechos de los reyes ingleses»), Guillermo de Malmesbury narra otra hazaña mayúscula: la del primer vuelo inglés. Casi como nota al pie, en un «por cierto» hablando de monarcas, envenenamientos y cometas, Guillermo cuenta la historia de otro monje del monasterio, Æthelmær, más conocido como Eilmer. «Para los estándares de su época, era un buen erudito», apunta, como disculpándolo. Y prosigue:
«De joven cometió un acto terriblemente arriesgado: con artes que desconozco, se fijó unas alas a las manos y los pies. Esperaba volar como Dédalo, cuya fábula tomaba por cierta. Aprovechando la brisa que soplaba sobre una torre, voló una distancia superior a un estadio; pero fuera porque el viento y los remolinos soplaban con fuerza o porque tomara en ese momento conciencia de la temeridad de su intento, se desequilibró y cayó. Quedó inválido y con las piernas lisiadas para el resto de su vida».
A saber con qué emojis habría aderezado Guillermo esta crónica de haberla enviado por WhatsApp. A mí se me ocurren estos: 👌😂😮🫣😖🤕🤐 Eilmer voló unos doscientos metros, distancia factible según los cálculos realizados por el ingeniero aeronáutico inglés Paul Chapman, citados por el museo local: si se lanzó de la torre de la abadía aprovechando el viento del suroeste, su descenso inicial le garantizó velocidad suficiente como para planear colina abajo hasta perder la capacidad de maniobra, tambalearse y estamparse como el Coyote.
Poco más sabemos del bueno de Eilmer, aparte de la fecha aproximada de la gesta (entre 995 y 1010) y de que él mismo la analizó con templanza: «Solía atribuir la caída a que había olvidado añadir una cola en la parte trasera». La imaginería lo retrata con sandalias, y eso tampoco ayuda. En fin, es de suponer que no pudo mejorar su artefacto y que nadie osó tomar el relevo.
[1] El Libro de los Sui narra la historia de la dinastía Sui (581-618). Las salvajadas del emperador Wenxian, también conocido como Gao Yang, se recogen en el tratado 16 del volumen 25 («Biografías XX. Derecho penal»).
[Foto: Eilmer, pionero con chancletas, según la ilustración publicada en 1927 por la revista húngara Áller Képes Családi Lapja; este número pertenece actualmente a una colección privada].