Me encantan las películas y series de periodistas, porque le tengo mucho cariño a la profesión que ejercí en los inicios de mi carrera profesional. Trabajaba en una redacción, con otros periodistas, bajo la supervisión de una redactora jefa, por encima de la cual había un subdirector y un director. También había jefes de sección ¡y un télex! Cómo vuela el tiempo…
Lo que no recuerdo es que hubiera una «oficina de redacción» ni un «editor en jefe», expresiones con las que me topo a menudo últimamente. Otra: «Nos vemos en la sala de redacción», penosa traducción de newsroom. En las series de policías también pasa mucho: «Te quiero en la oficina a las cinco», dice el jefazo a su subordinado rebelde y melenudo… ¿Y qué tal «en comisaría»? ¿Qué es lo próximo? ¿Decir «teatro de operaciones» en lugar de «quirófano»?
No es que pretenda yo volver a los tiempos de Gonzalo de Berceo y «fer una prosa en román paladino», con sus cuadernas vías y demás parafernalia medieval. El idioma se reinventa y rejuvenece constantemente, en general para cubrir los vacíos creados en el lenguaje por la evolución de la sociedad o de la tecnología. Pero ¿cuándo se ha visto que reinventemos para peor? «Oye, la rueda esta redonda que llevamos cien años usando, ¿por qué no ponemos una cuadrada, que es más cool?».
Antes los correctores nos enfrentábamos a leísmos y laísmos, a comas criminales entre sujeto y verbo, a errores de concordancia o a los vicios estilísticos propios de cada uno, que todos cometemos al escribir. Ahora, además, los textos rebosan de traducciones literales de modismos ingleses. Creo que también hay una flagrante falta de documentación. A la que te descuidas, te cuelan una rueda cuadrada.
El caso es que estas traducciones perezosas parecen correctas, pero no lo son. Es como La La Land o como Zendaya: parece que sí, en la superficie sí, lo tienen todo y lo parecen, pero rascas un poco… y no. No hay calidad cinematográfica ahí. Sucede lo mismo con estos textos: no hay estilo, sino impostura, y todo suena rebuscado, pomposo y afectado. No suena español, y perdonadme el nacionalismo lingüístico.
Por ejemplo, la acumulación de pasivas o gerundios, que tanto gusta en inglés, en nuestro idioma suena recargada y cansina. «Mi nombre fue incluido en una lista y fui perseguido», leí hace no mucho. A mí las amenazas en pasivo me suenan a amenaza blandurria. «Pusieron mi nombre en una lista y me dieron caza» creo que habría transmitido mejor la gravedad del asunto.
«Salí de la oficina a las cinco, llegando a casa a las seis». Precioso gerundio. Estas patadas a la sintaxis, antes raras de ver y que ahora campan por sus respetos, se deben a veces al ansia de complicar los textos para simular elegancia. Este amaneramiento perjudica a la transmisión del mensaje. «Vamos a poder llegar por la noche». Total, que llegaréis por la noche.
La culpa de todo la tiene Drácula. «He cruzado océanos de tiempo para encontrarte», le dice a Mina con toda desfachatez y poniendo los ojos en blanco de puro éxtasis, no por la merendola que se va a pegar, sino por la ocurrencia poética con la que piensa salir del brete. Claro, no es lo mismo decir eso que «perdona, chati, se me ha echado el tiempo encima».
Continuará… con una lista de traducciones chungas.
[Foto: En 1948, un fotógrafo de la revista Life documentó el desfile de la Asociación Nacional de Vendedores de Bicicletas en Chicago. «Regardez la gilipolluá», que dirían Tip y Coll, en el reportaje Bizarre Bicycles. (Wallace Kirkland/The LIFE Picture Collection © Meredith Corporation)].